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I Encuentro Igualitario de AHIGE: Material

EL NORMAL CAOS DEL AMOR

 (Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim)

A quién le puede sorprender, pues, que los experimentados en divorcios que han pasado ellos mismos por este fuego, o que son hijos de padres divorciados que quieren probar suerte juntos comiencen sus negociaciones de matrimonio como los partidos políticos sus negociaciones de coalición. El final ya hace de padrino del comienzo. Los probables problemas hacen de testigos. Todas las fuentes de problemas en, aliado y después del matrimonio tienen que encontrar su solución ya en el umbral que conduce hacia él. En primer plano se hallan los de patrimonio y de manutención;  pero también se quiere anticipar ya la posible pelea por el hijo.

Por un lado, se fijan los derechos a la patria potestad en caso de divorcio; por el otro, se firma una Carta Magna respecto al modelo de educación para evitar que la educación se convierta en fuente de conflictos. Se intercambian también títulos de propiedad referidos al tiempo libre, a las vacaciones y -aquí el asunto se vuelve especialmente delicado- al desarrollo personal. No pocas veces, las partes en el negocio amoroso se garantizan el mutuo apoyo para el auto-desarrollo y codifican sus derechos de intercambio según el siguiente modelo: si yo te apoyo en tu carrera profesional, tú tienes que ayudarme en mis estudios.

También se llegan a acordar cosas insignificantes: los pormenores de la división del trabajo doméstico, desde la limpieza de los zapatos hasta la preparación del desayuno. Detalles respecto a la sexualidad, desde los que pueden ser reclamados como servicios personales tolerables hasta los que quedan excluidos. Ritmos de movilidad, tiempos de nacimientos. ¿Quién puede quedarse en casa y cuándo, y cuándo puede volver a trabajar? ¿Hay que confesar las aventuras con otros?

Todo esto y mucho más puede ser legalizado ante un notario. Y ante el ojo espiritual del observador se producen imágenes de cómo se va a producir, en caso de pelea matrimonial, las interpretaciones de los documentos, y de cómo se acabará convirtiendo a un papel callado en juez de las dificultades cotidianas.

Pero lo más gracioso, seguramente, es cuando el amor dominado por la serenidad acaba regulando, al final, su propio fin. Se acuerda el acuerdo. Y se asegura la comprensión y la promesa de no dramatizar el divorcio, ni ante ellos mismos, ni ante otros y menos aún ante los hijos, sino de entenderlo y vivirlo como un “acontecimiento natural de la vida”.

Algunos incluso se prometen celebrar el divorcio con una fiesta, más sonada que la de la boda. Sólo queda la pregunta de si el caso afortunado del “divorcio en armonía” tal vez ignora la realidad del divorcio en discordia. Lo que también significa que normalmente sólo uno de los ex amantes desea divorciarse, mientras que el otro o la otra sigue soñando con el sueño que para el otro ya se ha convertido en una pesadilla. Pero también para eso se pueden encontrar las correspondientes regulaciones legales.

El matrimonio contractual –el contrato de sentimientos- ciertamente es una respuesta a los problemas ante los que hay que protegerse. Pero también contiene factores que aceleran su disolución.

 

MUJERES Y SALUD DESDE EL SUR
(María Fuentes)

 

Estas son algunas de las conclusiones que hemos obtenidos tras el trabajo con adolescentes durante años.

 

Concepto imperante de sexualidad y relación

La concepción que de la sexualidad tienen los chicos está ligada primeramente al placer, seguida muy de lejos de l@s hij@s, y el amor en tercer lugar.

Las chicas, sin embargo, la ligan en primer lugar, y a partes iguales, al amor y a l@s hij@s, seguida muy de lejos por el placer.

Mientras que los chicos creen que ellas valoran las cosas del mismo modo que ellos, ellas en su mayoría tienen la idea de que ellos son más superficiales y se mueven sólo por el placer.

Mientras que los ingredientes básicos para considerar que una relación sexual funcione, para los chicos son fundamentalmente que ambos la deseen, seguido muy de lejos por que exista enamoramiento y amor. Para las chicas es justamente la contrario.

Las condiciones innegociables en una relación afectiva son: respeto, amor y sexo, por ese orden, para ambos, aunque mayoritariamente para las chicas.

La mayor preocupación en cuanto a las relaciones afectivas en los chicos es la de la continuidad, seguida por la falta de comunicación, ternura y respeto.

Mientras que en las chicas es la falta de respeto, de ternura y comunicación, seguido por la continuidad. y que «sólo haya sexo».

La mayor preocupación de ambos, en cuanto a relación sexual, es la de que se dé un embarazo no deseado. Aunque, en los chicos, algo menos que en ellas, y una mayor preocupación de enfermedades de transmisión sexual, en ellos.

Ambos, aunque teóricamente definen sexualidad como placer, luego, aludiendo a otros conceptos, la desligan. y prácticamente nadie tiene un concepto global de comunicación, placer, diversión, ternura, afecto, amor, masturbación, seducción...

Ambos, en su gran mayoría tienen una gran confusión respecto a sexualidad, amor, enamoramiento, atracción, coito, hacer el amor, afecto. Yéndose de uno a otro término sin diferenciarlos entre sí.

Ambos ignoran, en su gran mayoría, las consecuencias psicoafectivas y físicas de una sexualidad no desarrollada de un modo sano. Tod@s tienen una información sumamente incompleta y muy rudimentaria y parcial sobre métodos anticonceptivos.

La mayoría identifican la edad en la que se puede desarrollar la sexualidad con la edad reproductiva. Aunque ambos valoran mucho el respeto, el amor y el sexo, como elementos prioritarios, prácticamente nadie valora la independencia como factor importante en las relaciones afectivo-sexuales.

En la mayoría se hace una gran valoración de la palabra amor, sin que tengan idea de lo que significa y con una gran confusión con otros conceptos afines.

Las chicas siguen teniendo como prioridad los hij@s y el amor, aunque valoran mucho el placer.

Ellas no contemplan la masturbación como fuente posible de placer, mientras que ellos lo colocan en un primer lugar.

Mientras que los chicos siguen utilizando el término sexualidad como sinónimo de coito, las chicas casi siempre nombran la sexualidad ligada a caricias, besos.

Mientras que ellos creen que ellas tienen la misma idea que ellos de la sexualidad, ellas los ven como más superficiales, frívolos, interesados sólo en el placer y queriendo «utilizarlas".

Mientras ellas nombran como aportación de las relaciones sexuales: la familia, el hogar, la pareja y la felicidad. Ellos no nombran más que los hijos.

Mientras que ellos valoran como muy positiva la aportación que las experiencias sexuales les dan para el manejo de las relaciones, el conocimiento del otr@ y el autoconocimiento, ellas también, pero en mucha menos proporción.

Mientras que a ellos, en su mayoría les preocupa que no haya sexo en una relación afectiva, a ellas les preocupa mucho menos y a una minoría.

Mientras que a ellas les preocupa mucho la falta de respeto, a ellos, muy poco.

Sienten ambos que confían más en l@s jóvenes de su propio sexo que en los del sexo opuesto.

En general, se lamentan de que los padres-madres no hablan libremente con ell@s sobre la sexualidad.

Reconocen que están ell@s mism@s condicionad@s y les da vergüenza preguntar sobre el tema.

Reconocen sentirse necesitados/as de información y apoyo. Y lo esperan más de la madre. Consideran indispensable la información sobre sexualidad desde los 9 años.

Sienten que a los adultos en general les parece mal que ejerzan su sexualidad.

La comunicación en general, y en cuanto a sexualidad en particular, es muy difícil con los padres-hombres.

Los/as que tienen algo de información reconocen que ha sido a través de su madre, en la mayor parte de los casos.

 

Algunos de los interrogantes que han ido dejando las mujeres a lo largo de estos años son:

¿A qué responde el hecho –muy generalizado- de una gran insatisfacción por parte de las mujeres respecto a su relación de pareja y, sin embargo, seguir empeñadas en mantenerla –a veces a cualquier precio?.

¿Por qué eso sucede no sólo entre mujeres dependientes económicamente del marido, sino incluso cuando se da el caso contrario?

¿Por qué tantas mujeres se quejan de que no es posible la comunicación con su pareja porque es imposible encontrar un espacio entre el trabajo de él, su interés por leer el periódico, ver el fútbol, o simplemente, la tele?

¿A qué se debe que las mujeres sigan sintiendo que la responsabilidad por la crianza y educación de los hij@s siga recayendo por entero en ellas y lo vivan prácticamente en solitario?

¿Por qué aunque la pareja sea homosexual los conflictos básicos se repiten?... dependencia, roles claramente diferenciados, temor al compromiso profundo, celos, frigidez, anorgasmia... Incluso otros más graves como los de la agresión o malostratos...

¿Por qué el 99% de las demandas de ayuda terapéutica para una pareja con dificultades siguen partiendo de la iniciativa de ella?

¿Por qué la monogamia sigue siendo incuestionable y contemplada como el modelo ideal de relación, a pesar de la insatisfacción generalizada respecto a ese modelo y la alta incidencia de infidelidad reconocida?

¿Por qué las quejas más frecuentes de los hombres siguen siendo básicamente las mismas de hace 50 años?

-Las mujeres son muy exigentes y complicadas.
-Mi mujer nunca está interesada en el sexo.
-No sé qué más quiere.

Y las de las mujeres:

-No le interesa más que la cama. Parece que lo único que le afecta de verdad es que me niegue a tener relaciones sexuales.

-No hay manera de hablar con él. Según él, no hay ningún problema. Todo son exageraciones mías y yo me complico, y le complico mucho la vida.

-Si yo estoy bien, todo va más o menos bien, pero si yo fallo, él se viene abajo, y no puedo contar con él como apoyo.

 

No alcanzo a ver si los milenios vividos e incorporados a nuestro inconsciente colectivo son también la explicación de la desconfianza existente entre los sexos. Si nos remitimos al mito de Adán y Eva, pareciera que esa explicación no basta. O que esa desconfianza, es aún anterior. En cualquier caso, si no es inherente al ser humano, es casi tan vieja como él mismo.

De hecho, cuando contacto con jóvenes adolescentes, ya hay signos manifiestos de esa desconfianza mutua. Sobre todo, en lo que se refiere a la sexualidad. Mientras que ellas suelen desconfiar de «que lo que busca un chico cuando se acerca es siempre aprovecharse», ellos siguen creyendo que «el máximo interés de ellas es cazarnos».

Además de los posibles orígenes ancestrales de esa desconfianza mutua, la psicología nos recuerda que en la historia personal, hallamos sus causas más primarias y ocultas (LANGER 1983; HORNEY 1980). Es como si todo apuntara hacia que -ya antes de nacer la relación de pareja se halle herida de muerte, «Las heridas de la infancia alimentan la desconfianza entre los sexos» (HORNEY, 1980).

Sabemos que la búsqueda de la pareja, o mejor del amor, no está tan motivada por el ir hacia el encuentro del otro, sino por la pérdida no consciente del sí mismo y el ansia de recuperarlo a través del otr@.

Ese drama inconsciente, doloroso y frecuentemente sin salida. tiene su origen en el no reconocimiento recibido como ser único, por las personas y en el momento que debió ser dado, por los padres-madres durante la infancia, y pasamos el resto de nuestra vida tratando de encontrar el espejo que nos devuelva la imagen de reconocimiento y estima que no hemos podido disfrutar por ser simplemente nosotr@s mism@s. Sin darnos cuenta de que «no hay en el mundo relación que pueda hacer que nos sintamos dignos, si no sabemos ya por nosotros mismos que lo somos» (SIEGEL, 1990).

Puede suceder que durante el proceso de enamoramiento se pueda vivir el espejismo de que esto es así. De que a través del otro encuentras todo el océano de amor y reconocimiento que en justicia te pertenecen, y que hasta el momento, te habían sido negados. Cuando el espejismo desaparece, y empieza el contacto real con la alteridad, con lo diferente a ti, con el otro, vuelve a renacer con toda su fuerza, el viejo aprendizaje incorporado: “Los hombres son todos iguales”, «no puedes fiarte de ninguno». Es preciso que una relación cotidiana recorra muchos caminos, y mucho tiempo, para llegar a toparse de frente, con lo que está en la base de toda relación humana: las carencias, y se precisa una alta dosis de coraje y honestidad para aceptar que son tus deficiencias personales las que están poniendo en dificultades la relación.

A la pareja se llega creyendo que al unirse al otro dejaremos de estar solos para siempre... y se nos olvida que para unirse al otro de modo realmente amoroso, se ha de respetar la integridad del ser individual. Pero paradójicamente, para la construcción de la individualidad necesitamos de casi toda nuestra existencia y del encuentro con múltiples otros.

La relación amorosa y de pareja no puede ser –por definición- más que un instrumento y nunca un fin en sí misma.

 

PAREJA Y NEGOCIACIÓN


Un acercamiento conceptual (extracto)
La pareja: características generales

El siguiente texto parte de la investigación "Negociación conyugal. Estrategias en la trayectoria laboral y la gestión doméstica de la pareja " financiada por el Instituto de la Mujer y efectuada con metodología cualitativa de grupos de discusión y entrevistas en profundidad. Nuestro universo fueron las parejas estables y heterosexuales, en su mayor parte matrimonios consolidados, con y sin hijos y en distintos momentos de su ciclo biológico, unos jóvenes y otros mayores. Ni hablamos de relaciones esporádicas, ni de relaciones en abstracto entre hombres y mujeres, hablamos de uniones maduras en donde el tiempo y la experiencia han establecido rutinas y prácticas de comportamiento suficientes como para considerarlas estables.

En lo que respecta a la relación en sí, en toda pareja encontramos la co-existencia de pulsiones contradictorias que tienen que ver con el ideal del amor romántico, con la oposición de los sexos, la lógica de la individualización y el deseo de seguridad ante la incertidumbre. Los estados de tensión y relajación dentro de la pareja nos la presentan como a un cuerpo en movimiento que atraviesa por episodios que pueden ir de la calma absoluta a una incesante ofensiva y viceversa.

Tanto los cambios de un estado a otro, como la presencia de sus distintos componentes pueden explicarse mediante la fórmula dialéctica de la tesis, la antítesis y la síntesis. Nos mantenemos por ahora en el plano abstracto, pero dando pinceladas de cada una de las partes para aclarar su significado.

a) Tesis à La pareja como paradigma del amor romántico, como un encuentro de espíritus que se complementan libremente y encuentran el equilibrio y la reciprocidad en el otro. El concepto de igualdad pasa a un segundo plano a favor de la libertad y la autorrealización personal. La aparición del amor romántico se produce en Occidente a finales del XVII como una reacción frente a los matrimonios pactados de la Europa premoderna y forma parte del imaginario de la liberación individual, entendiendo ésta como un bien superior a las relaciones autoritarias, patriarcales o de sometimiento de uno a otro. Es también el "primer amor", que nos libera del dominio familiar o el "nuevo amor" que también lo hace respecto a una unión consumida. Es el sumo de un bienestar que se agota en sí mismo, un todo que configura un universo ideal y que desde el punto de vista del ciclo biológico de la pareja se corresponde (aunque no exclusivamente) con las primeras etapas de la misma. Se trata por tanto de un estado paradisíaco en el que la pareja mantiene su convicción en la eternidad del amor, del respeto y del cuidado libremente decidido hacia sí mismo y hacia el otro.

2. Antítesis à La pareja como unión de opuestos, y como opresión del yo. Se trata de la negación de ese universo dichoso del primer estadio que des-idealiza la relación amorosa convirtiéndola en un asunto mundano. Esta materialización se produce a través de dos procesos; por un lado el paso de la complementariedad entre seres a la oposición entre ellos y por otro el refuerzo de la individualidad del yo frente a la opresión del nosotros. Juntos o por separado, ambos aspectos ocasionan la ruptura del amor romántico y devuelven a la relación su carácter más prosaico.

El primer aspecto alude a la guerra de sexos, convertido en guerra de géneros, y significa la coexistencia en la vida cotidiana de leyes naturales y políticas, es decir, diferencias biológicas junto a diferencias políticas apoyadas en la tradición, la estructura social y el propio sistema social de reproducción.  En un estado de cosas de dos seres que no siempre se complementan sino que también se confrontan, se une un segundo factor que rompe con la dicha del nosotros romántico, la individualización en general y en concreto la individualización afectiva en el terreno que nos interesa. La eternidad pierde su sentido en un mundo en el que las trayectorias de vida son cada vez más personales y más condicionadas por las insistentes demandas de un sistema laboral que nos exige movilidad y dedicación exclusiva. La separación de intereses personales y familiares se convierte en un impulso hacia la ruptura y hacia la búsqueda de un desarrollo personal alejado de obligaciones, molestias y limitaciones a largo plazo.

Pero de la profunda tensión entre primer y segundo estado, entre la liberación que supone un nuevo amor, al que se considera eterno, y la dificultad de adaptar intereses personales y familiares, surge un tercer estado que pretende superar a los dos anteriores. Es la síntesis.

3. Síntesis à La pareja como búsqueda de reequilibrio interno. Se trata del intento de perdurar y dotar de estabilidad lo que de otro modo atravesaría por estados extremos. Es el buscar la igualdad dentro de la desigualdad, el hacer que lo dispar sea par, que las condiciones, posibilidades, expectativas... diferenciales (y opuestas en muchos casos) de unos y otros sean percibidas como equilibradas, como una complementariedad entre partes dispares.

Es así como se cierra el círculo, se firma un pacto –“libre y voluntario” como la base de todos los pactos- por el cual la desigualdad se convierte en una opción asumida y apoyada en el amor romántico. Es el momento en que entra en escena el espacio más secreto, el privado, el espacio concedido a la intimidad de los amantes, sea ésta un campo de batalla o una balsa de aceite.

Lo privado, no es un elemento exclusivamente inter-personal, ni el reflejo de lo intimista o lo esencial, ni siquiera un refugio de lo mundano. Lo privado, por el contrario, es una interacción de lo inter-personal por un lado y lo externo por otro. Las relaciones privadas no se reducen a la sexualidad, el cariño, o la comunicación, porque por sí mismas no dicen nada, las relaciones privadas no pueden explicarse al margen del trabajo, la desigualdad política y económica, no son por tanto relaciones individuales de uno y uno, sino las relaciones que en el terreno personal pueden establecerse en relación a lo público y lo doméstico.

Esta anotación agota soluciones de igualdad interna en el seno de la pareja. Un tratamiento desigual en el mundo externo hace muy difícil los tratamientos internos igualitarios, de ahí que las buenas voluntades a la hora de reequilibrar situaciones, de hacerlas legítimas, de aproximar posiciones, no sean sino el intento por encajar fichas en un puzzle al que le faltan piezas. Por eso hablamos de hacer par lo dispar, de moldear figuras irregulares que no tienen cabida en un sistema político-social, cada vez más preocupado en controlar los mecanismos de la igualdad entre géneros.

 

RAZÓN Y SENTIMIENTO EN LAS RELACIONES DE PAREJA


Mª Jesús Izquierdo
Doctora en Economía y Profesora Titular de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona.


1.  Apriorismos en la concepción contractual de las relaciones sociales
        1.1.  La posición utilitarista
        1.2.  Del deseo y la razón. Del contrato a la confrontación política
2.  La ceguera a lo inconsciente del utilitarismo y del marxismo analítico
3.  La mujer y el hombre: Lo personal es político
4.  ¿Del contrato al diálogo?: La emergencia del sujeto
5.  Fuentes consultadas


Las diferencias sexuales adquieren relevancia social desde la segunda mitad del siglo XIX, su interés se manifestaba en discursos sobre la incapacidad de la mujer para adquirir  responsabilidades sociales, que son respondidos con discursos sobre la desigualdad y la diferencia de las mujeres. Los hombres se daban por descontados, como también se deban por descontadas las ventajas sociales de ser hombre. No es sino finales del siglo XX cuando es el hombre quien emerge como objeto de interés, y se elevan voces cada vez más numerosas que enumeran los daños del sexismo en la construcción de su subjetividad. Esta ponencia se sitúa en una tercera corriente, la que considera a la mujer y el hombre como posiciones en una red de relaciones y no como entidades anteriores a las mismas. Esta perspectiva exige hablar del par mujer/hombre.

La orientación de esta ponencia requiere algunas explicaciones sobre los supuestos que se manejan en su desarrollo. El primer supuesto hace referencia a la noción misma de "hombre", afirmando el carácter epifenoménico de su naturaleza. El segundo tiene que ver con la necesidad de remitirse a la división sexual del trabajo como matriz que gesta y dota de entidad a las categorías "mujer" y "hombre". De los dos anteriores supuestos se desprende el tercero: la orientación de la sexualidad hacia preferencias y prácticas heterosexuales, por su importancia en el modo de producir la propia vida, marca el destino de todas las demás relaciones afectivas y sexuales. Finalmente, y en conjunto, no podemos decir que el hombre, como tampoco la mujer, sean entidades dotadas de existencia autónoma, sino que son categorías situadas en una matriz de relaciones que toma la ordenación de la sexualidad como fundamento mismo del orden social.

Al afirmar que las naturalezas del "hombre" y de la "mujer" son epifenoménicas, se pone en evidencia que carecen de existencia autónoma: se construyen en las prácticas sociales y en la conciencia de esas prácticas. Al tomarlos como fenómenos del sexismo, la autonomía es una imposibilidad lógica para la "mujer" y para el "hombre". La autonomía del ser humano pasa por la negación de su ser histórico -"mujer" u "hombre"-  en un orden sexista de desigualdades. Es negando lo que son, en sus prácticas y en sus construcciones mentales de estas prácticas, donde realizan su autonomía.

El "hombre" y la "mujer" lo son como efecto de relaciones de poder. Estas relaciones se establecen en el proceso de dividir el trabajo de producción de nuestra existencia. La mujer es el efecto de no poder/tener que participar en el cuidado/maltrato indirecto de la vida humana mediante el compromiso político, científico, cultural, y económico mercantil.

El "hombre", es el efecto de poder/tener que participar en estos ámbitos. Esa es una condición necesaria de su existencia, pero no suficiente, la existencia de ambos depende además de que la una pueda/tenga que participar en el cuidado/maltrato directo, mediante la gestación y los cuidados directos a las personas, mientras que el otro no pueda/no tenga que hacerlo. Este sistema de inclusión/exclusión genera relaciones de dependencia de carácter estructural. O lo que es lo mismo, la aventura de la vida se vuelve difícil por no decir imposible¾ ya que disponemos de unos ciertos márgenes de  libertad¾ cuando se enfrenta individualmente. El establecimiento de espacios de género hace que la unidad de acción viable no sea una persona, sino una pareja. Por otra parte, la estructura social se halla correlacionada con la estructura psíquica, la cual se refiere a la orientación del deseo y al modo de acción. Ser "mujer" es desear ser deseada y esperar que las aspiraciones se cumplan consiguiendo que sean otros quienes actúen, implica vivir la pareja y los hijos como una extensión de la propia persona, como los representantes de la "mujer" en el mundo público. De ahí que se afirme de ella que se masculiniza cuanto participa en la esfera pública y tiene una orientación al logro. Ser "hombre" es tomar a la "mujer" como objeto de deseo poniendo el mundo a sus pies. Salir al mundo, situarse en el centro de la acción, no para poseerlo sino para hacerse acreedor a la posesión de la mujer. Por eso, cuando hablamos de los "hombres" o de las "mujeres", nos vemos abocados a hablar de la pareja.

En este modelo no tiene cabida una concepción de la sexualidad como resultado de opciones libres, sino que es cuidadosamente orientada de un modo adecuado a las exigencias estructurales. La orientación sexual, incluso allí donde se transgreden las exigencias estructurales como es el caso de la homosexualidad, rinde su tributo a las estructuras. Se halla prisionera de ellas, porque es la existencia misma lo que está en juego. La división sexual del trabajo es el mecanismo por excelencia de orientación del deseo, porque el deseo se funda en la falta, y la división sexual del trabajo construye la falta asociándola a las diferencias sexuales. El otro, que se percibe como del otro sexo, es otro en el mundo cuya "otredad" se construye por la división sexual del trabajo, la apariencia de las diferencias anatómicas confirma las diferencias esenciales entre ganarse la vida en un empleo asalariado, buscando el apuntalamiento del bienestar familiar en el mundo o ganársela atendiendo a los demás apuntalando el bienestar familiar en el hogar. La orientación homosexual es tributaria a tal extremo de la heterosexual, que los homosexuales reclaman para sí los derechos de los heterosexuales, derechos que fundan la desigualdad entre las personas. La subversión de esta lógica no radica en la orientación de la sexualidad, sino en la concepción misma de individuo, familia y vida afectiva. La lógica sexista se sostiene en la asociación entre afectividad, pareja y familia, acompañada de la disociación de la afectividad de las relaciones laborales, mercantiles, políticas, culturales...

De ahí se sigue que un nuevo orden no sexista, democrático, liberado de fobias a la sexualidad en sus diversas expresiones, supone la negación de las categorías "hombre" y "mujer". No tiene sentido interrogarse sobre el futuro de las relaciones entre los hombres y las mujeres, ya que apostamos por un futuro sin hombres y mujeres, por un futuro de personas únicas, distintas y parecidas. Se apuesta por un futuro en que la diversidad no se resuma en las características de los genitales y en el papel de la procreación en la vida social. La propuesta que se presenta en estas páginas es des-construir y por ello des-reificar la idea de que las "mujeres" y los "hombres" caminamos hacia un nuevo contrato para regular nuestras relaciones.

La tarea se inicia examinando los apriorismos que sostienen la concepción contractual de las relaciones sociales: el supuesto de la autonomía de las motivaciones que orientan nuestra conducta, propio del utilitarismo, y la sordera los procesos inconscientes que dan cuenta del deseo. A continuación se toman en consideración los rasgos de la subjetividad que se han hecho predominantes en las sociedades de capitalismo desarrollado, como es nuestro caso y que dificultan el reconocimiento de otro, y por ello el establecimiento de relaciones libres, por tanto conscientes. Para terminar, nos referiremos al futuro de la división sexual de trabajo y su impacto en la sexualidad misma, y en las relaciones entre los sexos como resultado de la emergencia del sujeto persona.

 
1.      Apriorismos en la concepción contractual de las relaciones sociales      

El rechazo de la desigualdad social por razón de género, lleva a cuestionar las instituciones que regulan la sexualidad y la procreación. La conexión estructural de estas instituciones con el resto de ámbitos de la existencia, implica que cuando se discuten las instituciones que regulan la sexualidad y la procreación, se pone en cuestión el orden social en su integridad porque el mismo depende de la continuidad de estas instituciones. Para valorar las respuestas que se están gestando es preciso tener presente el peso hegemónico del mito fundador de la sociedad democrática: El pacto entre iguales, y la pretensión de que es resultado del cálculo racional y la negociación. Las respuestas también se hallan impregnadas de la ideología del mercado como modelo de relaciones interpersonales, no sólo económicas, sino incluso entre la administración y los ciudadanos/clientes, y entre los ciudadanos y ciudadanas mismos. Ese es el contexto en el que se desarrolla la propuesta de un nuevo contrato social que incluya a las mujeres, y la traslación de la noción contractualista a las relaciones de pareja.

 

1.1. La posición utilitarista
La concepción contractual de las relaciones sociales, y con ellas de las relaciones entre la "mujer" y el "hombre", parte de un número de supuestos característicos del utilitarismo 1:

  •  Que cuando las personas actuamos, y cuando acordamos nuestras condiciones de relación solemos referirnos, y así se espera de nosotros, a las razones de nuestra actuación. El término "razones", se usa para referirse a las motivaciones, las creencias y los deseos, sean racionales o no lo sean. Me caso porque estoy enamorado/a, y no porque no soporte estar sola/o.
  •  Que las razones de la acción -léase motivos-  generan siempre el mismo tipo de comportamientos. Quererte me lleva a estar contigo, no cabe considerar que me resista a estar contigo precisamente porque te quiero.
  •  Que la causa de nuestras acciones son las razones que damos para justificar las mismas. Afirmar que no se tienen hijos porque no se tienen medios económicos, en lugar reconocer que los hijos no ocupan el primer lugar en el orden de prioridades. O decir que no se quiere tener hijos porque no se está dispuesta o dispuesto a que estén mal cuidados, cuando lo que más pesa es la idea de no llegar a ser una madre perfecta

La lista de supuestos que se ofrece a continuación está inspirada en Jon Elster, Uvas amargas. Sobre la subversión de la racionalidad.

  • Que sabemos por qué hacemos lo que hacemos: por qué nos casamos, porqué tenemos hijos, por que aceptamos un trabajo y rechazamos otro.
  • Que las motivaciones o las creencias no cambian y que son autónomas. Como si no fuera un hecho cotidiano que ahora te mueva a cuidar a una persona el amor que sientes, en otro momento tenerle contenta para que no te cause problemas y en un tercer momento lo que quieres es perderle de vista porque has llegado a la saturación. Se supone además que el deseo de ser madre o de mantener una familia es algo que aparece de manera espontánea, algo en cuya emergencia no han intervenido las condiciones sociales y el proceso de socialización.

Este es en lo fundamental el planteamiento utilitarista, perspectiva que se centra en la idea de que las preferencias son autónomas y se ponen de manifiesto en la toma de decisiones. Las pautas de consumo, por ejemplo, son indicadoras de las preferencias, y la demanda agregada de un cierto producto como un referéndum popular sobre la conveniencia o no de producirlo, ya que se considera expresión de los deseos de la gente. Partiendo de este supuesto se pretende que cuando se produce lo que se compra/vota se están reconociendo y respetando los deseos de la gente. Por tanto, administrar los recursos sociales tomando como indicador de la voluntad popular las oscilaciones de los precios en el mercado, sería epítome de la democracia económica.


1.2. La crítica del apriorismo utilitarista
Ahora bien, estos argumentos se asientan sobre una base de barro. Jon Elster pone en evidencia su debilidad en estos términos:

¿por qué ha de querer un individuo que la satisfacción sea un criterio de justicia y de elección social si las voliciones individuales pueden ser conformadas según un proceso previo a la elección? Y en particular ¿por qué razón la elección entre opciones posibles sólo debe tener en cuenta las preferencias individuales si las personas tienden a adaptar sus aspiraciones a sus propias posibilidades? (el subrayado es mío). Págs. 159-160. Uvas amargas...

Esa es la cuestión, lo que quiere la gente, "las voliciones individuales", no son autónomas, se les puede dar forma antes de tomar decisiones. Al no hallarse en el origen de las relaciones sociales, sino en su desenlace, no pueden servir para regularlas. Si el deseo de tener hijos, de cuidarse de una familia, de protegerla o aportar los medios que permitan satisfacer sus necesidades nace en la división sexual del trabajo, ese tipo de deseos no puede servir para 6 regular las relaciones sociales. Porque tales deseos, nacidos de la división sexual del trabajo, buscarán formas de relación que protejan y conserven el sexismo. La estabilidad de los sistemas que se fundamentan en la dominación de unos por otros, en la explotación desaforada de las energías humanas y naturales, se asienta en la participación del sometido y explotado, en la naturalización/normalización de la opresión, que lleva a considerar inimaginable cualquier otra forma de relación social. Los deseos manifiestos, aquellos a los que nos referimos para explicar nuestras acciones, no ponen en cuestión el orden sino que lo confirman. Vale la pena detenerse en las interferencias que señala Elster entre el deseo o preferencia y la acción. Partiendo de la teoría de la disonancia cognitiva de Festinger, según la cual la frustración o el malestar no procede tanto de las circunstancias que se viven como de la distancia entre lo que se obtiene de la vida y lo que se esperaba de ella, Elster señala algunos mecanismos de reducción de la disonancia. La reducción de la distancia entre lo que se quiere y lo que se obtiene en los procesos de toma de decisiones -reducción de la disonancia cognitiva-pone en cuestión que las acciones sean el resultado directo de deseos o creencias autónomos, y por ello estos últimos sean el punto de referencia para comprenderlas. Un ejemplo muy popular es el de la zorra, en lugar de admitir que no alcanza las uvas, dice que no las desea porque están verdes 2. La zorra, ante la dificultad para alcanzar las uvas que desea, aplica un mecanismo de reducción de la disonancia cognitiva que Elster denomina "formación de preferencias adaptativas": los deseos se modifican para adaptarse a los medios de que se dispone para realizarlos. Llevado al terreno de las relaciones hombre/mujer, se puede desear un Richard Gere o un Brad Pitt, una Pamela Anderson o una Penélope Cruz, pero como están fuera del alcance, las preferencias se modifican para reducir la disonancia cognitiva y de ese modo eliminar o cuanto menos limitar, el grado de frustración. Las preferencias adaptativas llevan a buscar y probablemente encontrar un marido honrado y trabajador o una mujer limpia y cariñosa. Ambos se encuentran bastante alejados de los cánones de belleza que se presentan en los medios de comunicación.

En la edición castellana del libro de Elster se ha hecho una traducción literal: "sour" por "amargas" en lugar de "verdes" que es la expresión castellana.

En la actualidad es frecuente escuchar discursos que son la manifestación de una adaptación de las preferencias: cuando se insiste en que la lucha de la mujer por tener una posición profesional no ha merecido la pena y cuando se presenta la dedicación a las tareas domésticas como una opción válida, como si todas hubieran alcanzado ya la meta del desarrollo personal y la autonomía financiera. Cuando es muy baja la presencia de mujeres en las actividades remuneradas sobre todo en los niveles altos; o en las actividades políticas, científicas o artísticas. En cambio, la proporción de mujeres que "optan" por carecer ingresos propios y presencia social continúa siendo abrumadoramente alta. Las dificultades para modificar las condiciones laborales, concebir y organizar el trabajo doméstico de modo que sea compatible con trabajo mercantil y viceversa, se ha traducido en el desarrollo de discursos que quitan importancia a la autonomía financiera de las mujeres, que insisten en el valor del trabajo doméstico, y la relevancia, no tanto de que las mujeres tengan un trabajo remunerado, como que tenerlo, o dedicarse a las tareas domésticas, debe ser el resultado de una "elección libre".

En el extremo opuesto a la reducción de la disonancia cognitiva, Elster menciona las "preferencias contraadaptativas", lo que se vuelve deseable es aquello que no se puede obtener, este tipo de preferencias se reflejan en este chiste de masoquistas y sádicos:-¡Por favor hazme sufrir!- ¡No me da la gana! -¡Ahhhhh... que gusto!. Hallamos mujeres que fantasean lo que supondría la participación sociolaboral, marcándose unos objetivos o unos ideales muy alejados de sus posibilidades objetivas de realización. Al confrontar lo que se imaginan, con los empleos que efectivamente encuentran, no ponen en marcha su proyecto de autonomía personal, porque lo que quieren no es posible y lo que es posible no lo quieren. Esta situación es frecuente entre las mujeres que no tienen experiencia laboral. Cuando los hijos se han hecho mayores, deciden incorporarse al mercado de trabajo y se encuentran con que los empleos a los que pueden acceder -trabajo doméstico, cuidado de enfermos o criatura- no están a la altura de sus expectativas, razón por la cual "optan" por quedarse en casa y renunciar a su aspiración.

Subyacen a estas reacciones tres tipos de mecanismos. De una parte, se quiere lo que no se tiene justamente porque no se tiene, un marido imaginario que si se consiguiera sería rechazado, un trabajo que no existe. Por otra, y sin ignorar el peso de los condicionamientos sociales, una no se hace cargo de que la vida que está viviendo es la que una misma se da, construye una imagen mental de sí misma carente de toda capacidad de intervención y de modificación de las limitaciones. Antes que asumir la responsabilidad de su vida, construye una imagen de sí pasiva, incapaz de alcanzar sus metas. En tercer lugar, en el rechazo a realizar las tareas de atención a personas como actividad remunerada, hay un implícito, el supuesto de que sólo merecen cariño y cuidado los "nuestros", que el cuidado de los miembros de la familia se hace por amor y sólo por amor. Se oculta el peso que tiene la opinión de los demás, la necesidad de despertar juicios favorables en los otros, y la dificultad para aceptar que hacia los seres queridos no sólo se experimenta amor, sino también hostilidad, y sobre todo sabe que cuidar de su familia es la manera de ganarse la vida. Esta implícito suponer degradante el cuidado de gente que no es de la familia, recibiendo a cambio entre otras cosas una muy importante, dinero.

Está también implícito que no consideraría degradante dirigir una gran empresa que externalice costes de producción hacia el tercer mundo o hacia el medio ambiente, o tomando decisiones cuya consecuencia inmediata fuera la pérdida de puestos de trabajo o el incremento de los precios por haber creado condiciones monopolistas de mercado. En cambio sí se considera degradante lavarle el trasero a un enfermo que nos paga por ese servicio.

Un tercer caso de reducción de disonancia cognitiva es la "manipulación". Elster no se refiere a la misma como la acción mediante la cual uno induce a otro a creer que sus deseos son los que en realidad tiene el primero. Por ejemplo, hace que se levante del sofá y abandone la cerveza y el partido de fútbol para ir al cine "que es en realidad lo que tienes ganas de hacer, lo que pasa es que te has apalancado". En su línea de individualismo metodológico, utiliza la noción de manipulación para referirse a un proceso endógeno. Es contentarse con lo poco que se pueda obtener, ni la casa, ni la pareja, ni el trabajo, ni los hijos son lo que una o uno hubiera deseado, pero en realidad no se querían en serio todas esas cosas, las que uno o una de verdad quería son las que tiene.

Un proceso frecuente en las relaciones entre mujer y hombre, es el que denomina "cambio previo de pesos atributivos", mecanismo que se activa retroactivamente cuando hay varias opciones posibles. En lugar de sopesar cuidadosamente cada una de ellas, el camino que se sigue es tomar cualquier opción y a continuación asignar a la opción tomada, mayor valor que a las restantes opciones. Como casarse es una cosa que hay que hacer, en lugar de escoger cuidadosamente pareja, una u otro se acaban casando con cualquiera, y a continuación construyen un discurso justificativo de su decisión hipervalorando las características de la pareja elegida y subestimando la cualidades de las demás "candidatas" o "candidatos". Las anteriores consideraciones ponen en dificultades la posibilidad misma del contrato como vía de regulación de las relaciones entre los sexos, precisamente porque en esas relaciones, como en ninguna otra, los aspectos emocionales y los racionales suelen ir juntos por no decir confundidos.
1.3. Del deseo y la razón. Del contrato a la confrontación política

Las reflexiones de Elster nos plantean varias cuestiones de importancia cuando consideramos la viabilidad de adoptar el contrato, sea nuevo o viejo, en la regulación de las relaciones mujer/hombre:

Uno de los principales representantes del marxismo analítico, sigue los planteamientos de Festinger y Veyne.

  • Soportamos mal la frustración. Cuando deseamos algo y creemos que no es posible obtenerlo, se reduce la disonancia cognitiva, la distancia entre lo que queremos y lo que creemos poder obtener modificando los deseos, en lugar de hacerlo cambiando nuestras condiciones de vida.
  • Nos sobreadaptamos a lo posible. Llegamos a extremos de tolerancia no requeridos por la situación, dejando insatisfechos deseos cuya realización es posible.
  • Queremos lo imposible. Nos planteamos objetivos fuera de nuestro alcance para evitar comprometernos.

De esas tres tendencias se sigue que estamos escasamente dotados para plantearnos cambios por más que su realización sea posible. Librar el futuro de las relaciones entre los sexos a los acuerdos tomados individualmente entre mujeres y hombres, al establecimiento de un nuevo contrato, es un modo de legitimar la desigualdad. Contribuye a alimentar una pretensión tan aberrante como que como no queremos que cambie la naturaleza de las relaciones intersexuales, que no hay nada de malo en que sigan igual con la única condición de que el sexismo sea el resultado de una opción libre. No es acaso éste el mensaje que se lanza cuando se afirma que el único problema de que una mujer sea ama de casa reside en que no lo haya elegido libremente, cuando sospechosamente no se afirma al mismo tiempo que no es problema el que un hombre pueda no haber elegido libremente ser ganador de pan.

Si tomamos al hombre y a la mujer como efectos de poder, no cabe la posibilidad de un contrato entre ambos, porque supone librar a quien ocupa la posición "mujer" al poder de quien ocupa la posición "hombre". En cambio, tomarlos como efecto de poder traslada la relación entre ambos, del ámbito de la familia al ámbito de la política. Plantear las relaciones y las soluciones a las mismas en el ámbito de la familia es librar a cada mujer al poder de cada hombre. En cambio, al desplazar esa relación al ámbito de la política, la democracia y el contrato se convierten en derechos grupales, y no en derechos individuales como los define el liberalismo utilitarista. El yo de cada mujer, efecto de la desigualdad, se ensancha hasta convertirse en el "nosotras", que niega a la "mujer" y al "hombre", para luchar a favor de la diversidad personal. En ese yo ensanchado 4 , subversivo, cabe una subversión adicional, la participación en la lucha contra el sexismo de aquellos hombres que niegan al "hombre" efecto de poder, y se suman a la subversión en una alianza que contradice las divisiones sexuales. Es en esa oposición donde se destruyen las categorías sociales "mujer"/"hombre" y las relaciones estructurales que las hacen posibles.

La noción de yo ensanchado la tomo de George Mead.


2. La ceguera a lo inconsciente del utilitarismo y del marxismo analítico

La crítica de Elster al apriorismo utilitarista no es la única posible. La perspectiva psicoanalítica añade complejidad a la idea de que la acción es el resultado de los deseos o las creencias. Freud pone la atención en el hecho de que no existen deseos "verdaderos" en el sentido de anteriores a las relaciones sociales. Según los planteamientos del psicoanálisis, el deseo –inconsciente-  es el motor tanto de las acciones, como de la adhesión a los sistemas de creencias. Sin embargo, aceleraríamos conclusiones si de lo dicho dedujéramos que el utilitarismo y el psicoanálisis son afines, o cuanto menos cercanos. Porque el utilitarismo no se interroga sobre la naturaleza de los deseos y su origen, mientras que el psicoanálisis hace de los deseos su campo de indagación.

Para el psicoanálisis, el deseo es la moción psíquica que impulsa al restablecimiento de las primeras satisfacciones experimentadas. En el deseo se evoca el pasado en dos aspectos, el del malestar y el de la satisfacción. Tiene el requisito de la experiencia de la falta, de sentir un malestar, y de la experiencia de la satisfacción, de haber cubierto la falta, en el pasado, con algún objeto de satisfacción. Por tanto, la capacidad de desear no es una cualidad innata en los humanos -nos movemos por pulsiones y no por instinto-  porque no se pueden dar por descontadas la experiencia de la falta ni la de la satisfacción. Nuestras características físicas humanas crean condiciones de posibilidad al deseo en la medida en que no tenemos programada la conducta, y sin embargo, el cerebro medio registra las imágenes de satisfacción de experiencias pasadas mientras que en el neocortex se reelaboran esas experiencias primeras. Esta cualidad de nuestro aparato nervioso nos permite actualizar tales experiencias para buscar el camino a la satisfacción sin que repitamos el pasado, y es esa actualización, que no repetición, lo que vivimos como deseo.

El deseo no tiene como objetivo la conservación del organismo. Lejos de facilitar la supervivencia, puede conducirnos a la propia destrucción o a la destrucción de los objetos -personas o cosas- que contribuyen a nuestro bienestar. El deseo que nos mueve no es el resultado de una programación genética, partiendo de las sensaciones actuales nos lleva a experiencias pasadas, tanto de malestar convertido en carencia, como de satisfacción. Los planteamientos de Elster y los de Freud, pueden tomarse como dos modos alternativos de ver la relación entre deseos/creencias y acción. No obstante, más que oponer ambos autores, preferimos examinar la propuesta de Elster a la luz del abordaje psicoanalítico. Continuaremos el camino de la mano de una perspectiva, allí donde se detiene la otra. En la línea psicoanalítica, Christopher Lasch hace una aproximación a la cultura norteamericana de 11 nuestro tiempo en aspectos en los que también nos podemos reconocer los europeos. Se une a las numerosas voces que han calificado de narcisistas las sociedades actuales, solo que utiliza la noción de narcisismo en el sentido psicoanalítico. Por tanto, no confunde el narcisismo con el egoísmo, sino que lo toma como un fenómeno totalmente distinto.

Según señala Lasch, los trastornos más generalizados en los inicios del capitalismo eran la histeria y la neurosis obsesiva. Esta última se caracteriza por la tendencia a la adquisición, la dedicación fanática al trabajo y una represión brutal de la sexualidad. En cambio, en la actualidad predomina el narcisismo, caracterizado por perseguir la anulación del dolor o de las decepciones amorosas. Lasch presenta la siguiente sintomatología del narcisismo:

  • sentimiento de insatisfacción difusa
  • actuación de las emociones en lugar de su represión
  • incapacidad para el duelo y por ello para reconocer que no se ha obtenido o se ha perdido aquello que se deseaba lo cual exacerba la agresividad
  • promiscuidad sexual
  • existencia de fantasías de omnipotencia
  • acento en los derechos
  • desprecio hacia las personas a las cuales se manipula con la finalidad de obtener alguna ventaja o de satisfacer algún deseo y podemos añadir a la lista
  • falta de compromiso personal, social y político

Pese a la audiencia que han alcanzado las formulaciones teóricas que definen las sociedades actuales como "sociedades del riesgo", lo cierto es que junto a la incertidumbre y contradiciéndola, se han desencadenado procesos de signo contrario que son el caldo de cultivo de la personalidad narcisista. El fundamento económico de los mismos, las condiciones materiales que los hacen posibles si bien no los causan, son las propias del desarrollo del capital monopolista transnacional. El mismo comporta la planificación privada de la economía acelerando la burocratización de los procesos productivos y de consumo, y la suspensión de la dimensión espacio. Esa planificación incrementa la previsibilidad, sobre todo en el consumo, por tanto anula también la dimensión tiempo. El desarrollo de la burocracia en lo económico ha ido acompañado de un proceso de substitución de la tradición y el saber revelado por la razón y el conocimiento científico. Por su parte, la implantación de la ideología cientifista, que en principio asigna al ser humano una posición adulta, ya que no ha de recurrir a entidades superiores para orientar sus acciones sino a su propia razón, alimenta la fantasía de que se puede llegar a saber o prever todo.

The Culture of Narcisism...

Desde la perspectiva psicoanalítica el narcisismo y el egoísmo son incompatibles. No se puede ser egoísta sin haber adquirido un sentimiento yóico adulto, cosa que requiere el reconocimiento del "otro" como diferenciado de uno mismo, cosa que requiere superar la tendencia a constituir mental y emocionalmente la realidad exterior mediante la proyección de todo aquello que hay en nosotros mismos que nos disgusta o nos causa malestar.

Véanse, por ejemplo, los planteamientos de Beck y de Giddens, sobre este tema.

Sobre el particular George Ritzer, en El encanto de un mundo desencantado, señala el efecto encantamiento que tiene la previsibilidad en el consumo. La enorme regularidad en la producción y distribución ¾que se mantiene estable a lo largo del tiempo y de un país a otro, fundamentalmente a través de las franquicias y de los centros comerciales como modalidad de compras en expansión  genera la impresión de haber superado las barreras del espacio y el tiempo. Tal situación hace que se experimente sensación de estar en todas partes y de que el lugar en el que un se encuentra es enorme, mientras que el tiempo queda suspendido. Cuando se entra en un centro comercial se pierde la noción del paso de las horas y al salir del mismo y mirar el reloj uno se sorprende del mucho tiempo que ha permanecido vagando de escaparate en escaparate y sin un propósito definido.

Toda situación nueva genera sus propias contradicciones. La ideología cientifista contiene la resistencia a crecer, en la medida en que la orientación científica de la propia vida no se interpreta como el uso de la razón y el conocimiento y el método para la toma de decisiones. Por el contrario, regresando a una posición infantil, se tiende a abdicar de la propia responsabilidad en un cuerpo de profesionales especializados a los cuales se inviste de autoridad siempre que puedan exhibir un título de idoneidad. Se sufren las consecuencias de la sociedad del riesgo, sin embargo, no se acepta emocionalmente. Por ello se aparta de la conciencia el hecho de que cualquier proyecto que se emprenda es de resultado imprevisible, o cuanto menos incierto, por más especialistas y profesionales que involucremos en nuestra vida. La ideología cientifista crea la ficción de que todo problema tiene solución, cuando uno renuncia a la toma de decisiones y traslada la responsabilidad a los profesionales lo hace bajo esa premisa. Pero eso es concederle mucho peso al cientifismo, y quitárselo a los deseos inconscientes. La ideología cientifista se alimenta de la resistencia humana a aceptar los límites, del sentimiento omnipotente infantil que ha substituido a los reyes magos por los políticos o los científicos, atribuyéndoles la capacidad hacer realidad todo deseo a coste cero. En su versión adulta, todos los problemas tienen solución, pero no soy yo quien tiene que buscarla ni ponerla en práctica.

La paradoja es que ese modo de ponerse ante la toma de decisiones no dista mucho de la orientación tradicional o religiosa de la conducta. Coincide con estas formas de orientación de la conducta en la investidura de autoridad que se hace, renunciando a autorizarse uno mismo y a confiar en sus conocimientos, y los que pudiera adquirir para orientar su vida. Hay que tener presente que la ideología cientifista abre una brecha entre los científicos y profesionales y el resto de la población, y favorece el extrañamiento entre los unos y los otros, desarrollando un lenguaje abstruso, y dificultando deliberadamente que el ciudadano comprenda los procesos cientifico-técnicos de toma de decisiones.

Este microclima moral explica que en los países occidentales vaya disminuyendo la capacidad de soportar las dificultades de la vida y las frustraciones. Nos movemos entre sentimientos de impotencia/omnipotencia dado que todo es posible, o al menos así nos lo prometen y nosotros nos lo creemos, pero nada depende de nosotros, se nos escapa el control de las fuerzas que determinan el curso de nuestras vidas. Como pretendemos que todos los problemas hallen solución, sin que tengamos un papel activo, decisivo, en la solución de los mismos, vivimos las dificultades con un sentimiento de frustración infantil. Como si un ser imaginario nos negara arbitrariamente lo que es posible ¾ellos, los de arriba, los hombres, las mujeres, los otros, el sistema, el poder¾, y ante esa frustración se desarrollan sentimientos agresivos que no llegamos a elaborar. Esos sentimientos que no somos capaces de contener, los actuamos sin que por ello nos acerquemos más a la realización de nuestras aspiraciones, ya que la actuación de los sentimientos impide la realización de los proyectos.

Es más, al tomar las dificultades de la vida como si fueran puramente arbitrarias, o fruto del azar, no diferenciamos entre las dificultades inevitables y las que son el resultado de un orden de desigualdades. Estas últimas, junto con el sufrimiento que conllevan, son la expresión misma de los conflictos y de la posición de intereses. Se trata de frustraciones y daños que se pueden prevenir o combatir siempre que se reúnan fuerzas individuales y colectivas más eficaces que las fuerzas opositoras, aquellas que los causan.

Pero junto al deseo de ser felices o por lo menos de no ser desgraciados, junto a la búsqueda de bienestar, nuestras acciones ponen en evidencia la resistencia a aceptar que somos limitados, necesitados, imperfectos. La concepción occidental de la ciencia nace de ahí, no se pone tanto al servicio del placer y del bienestar, como a confirmar la imagen omnipotente que tenemos de nosotros. Tanto como satisface una aspiración, incumple la otra. El sexismo, la ficción de la media naranja a la búsqueda de su otra mitad, esa mentira a sabiendas de que nadie ni nada nos puede completar, que subyace al modelo de vida fundado en la pareja, es otra expresión de la resistencia a reconocerse como seres limitados. Esa mentira y la frustración que la misma provoca, explican la voluntad de anulación de la "mujer" por el "hombre" y del "hombre" por la "mujer". Se manifiesta en que el hombre la mate porque era suya, y ella viva con toda naturalidad quedarse con los hijos, la casa y la pensión porque de lo que se apropió en el matrimonio no fue del hombre sino de las posesiones del hombre, a cambio de que él se apropiara de ella.

La renuncia a la democracia como participación política podría ser un síntoma de este modo-de-ser-en-el-mundo.

Alexander Mitscherlich, en La idea de la paz y la agresividad humana, al tratar de la agresividad señala que está asociada a la frustración, la cual no es otra cosa que el temor a perder traducido en un impulso de posesión cuya consecuencia es la destrucción del objeto. De donde cabe relacionar el alcance de la agresión con la naturaleza de las expectativas.

Cuando se reduce la disonancia cognitiva rebajando nuestras aspiraciones se preserva esa imagen de omnipotencia, resistiéndose a aceptar que somos limitados, que "todo" no es posible, y que "nada" es posible del "todo". Desear es someterse al riesgo de perder, tener que luchar para conseguir lo deseado, superar las fuerzas que se resisten a la realización de nuestros deseos, ampliar los límites de la realidad hasta conseguir que nuestros deseos o aspiraciones quepan en ellos. El camino que se toma es engañar al deseo, o no desear, cualquier cosa menos asomarse al abismo que separa la frontera entre lo realizable y lo imposible, la vida y la muerte, la continuidad y el cambio. Cualquier cosa menos reconocer que no somos dios, que no podemos estar en todas partes al mismo tiempo, ni tener todo, ni comprender todo, ni comprender del todo. Cualquier cosa antes que reconocer que no ha podido ser, antes de asumir el riesgo de fracasar, de ver que algunas cosas, por más que las deseamos y luchamos por obtenerlas no las conseguimos, que cuanto más se conecta con el deseo más probabilidades hay de salir derrotados en el intento.

Los deseos se transforman y la razón no es de fiar, el deseo siempre se acaba realizando aunque sea transformado al límite de convertirse en su contrario.


 3. La mujer y el hombre: Lo personal es político

Ya hemos visto que la noción de contrato contiene un a priori, pretende que las personas actuamos a partir de deseos autónomos, anteriores a las condiciones sociales en las que los intentamos realizar. Un segundo a priori es el principio de equivalencia entre la capacidad de negociación de las mujeres y de los hombres. Del mismo se deduce que las unas y los otros disponen de los mismos recursos y poder para negociar. Esa capacidad negociadora y la disposición a defender la libertad individual sitúan las relaciones entre la "mujer" y el "hombre" en la esfera civil de la ciudadanía

¿Es compatible la democracia con la desigualdad social de las mujeres?, y... ¿es posible que las mujeres y los hombres establezcan relaciones contractuales siendo desiguales?

T. H. Marshall, considerado padre del moderno concepto de ciudadanía se formula preguntas similares solo que referidas a las clases sociales, en un trabajo de referencia obligada cuando se reflexiona sobre estas cuestiones 13. Diferencia tres ámbitos de la ciudadanía, los derechos civiles, los políticos y los sociales. Los derechos civiles, cuyo origen data en el siglo XVIII, son aquellos necesarios para la libertad individual, entre los derechos civiles se encuentra el de establecer contratos válidos. El desarrollo del ámbito político, relacionado con el derecho a participar en el ejercicio del poder político, lo data en el siglo XIX. Y el social, referido al derecho al bienestar y la seguridad en el siglo XX.
12 Siguiendo la terminología de Marshall, el cual diferencia tres niveles: el político, el civil y el social
13 "Ciudadanía y clase social" (1950).
 De entre los contratos, a Marshall le preocupa muy especialmente el contrato laboral entre "el" empresario y "el" trabajador. Reconoce que en el establecimiento de este tipo de contratos se produce un desequilibrio de fuerzas entre el uno y el otro. Por ello, uno de los principales logros políticos del siglo XIX es el reconocimiento del derecho a la negociación colectiva, ya que lleva a establecer el equilibrio de fuerzas entre "el" empresario y "los" trabajadores. La negociación colectiva equilibra las fuerzas de las partes contratantes, ya que los trabajadores unidos pueden oponer, en las negociaciones con el empleador, una fuerza equivalente a la suya. Este es requisito necesario para que el contrato no se convierta en una abuso de poder. Interpretamos que el establecimiento de la negociación colectiva buscaría compatibilizar la desigualdad social con la democracia, y autorizaría a situar en el ámbito civil las relaciones entre el trabajador y el empresario. Consentir el desequilibrio de fuerzas entre el uno y el otro, llevaría las tensiones entre trabajadores y empresarios al ámbito del poder, y las convertiría en materia política, de lucha de poder, de lucha de clases. Como buen liberal, Marshall se preocupaba de definir la ciudadanía en unos términos que fueran compatibles con el capitalismo, por tanto no podía ver con buenos ojos que se politizaran las relaciones entre trabajadores y empresarios. Para impedirlo, se requería que uno de los sujetos contratantes, el trabajador, se convirtiera en sujeto colectivo. Este derecho supondría un progreso social, sin que supusiera una ampliación de la ciudadanía en su vertiente social, sino que se alcanzaba ampliando los derechos civiles, dado que las condiciones de contratación forman parte de este ámbito.
Así, la aceptación de la negociación colectiva no fue una mera ampliación natural de los derechos civiles, porque representó la transferencia de un importante proceso desde la esfera política de la ciudadanía a la civil. "Ciudadanía y clase social", pág. 49.
Llevemos las consideraciones anteriores a las relaciones entre la "mujer" y el "hombre". En la actualidad son muchas las voces que se refieren a los cambios en las relaciones mujer/hombre en términos de "nuevo contrato sexual". ¿Podemos acaso hablar de un "viejo contrato sexual" que justifique referirse al futuro de las relaciones entre los sexos en términos de "nuevo contrato"? El matrimonio recibe la consideración de un contrato dotado de carácter eminentemente económico. Es más, se acerca al contrato laboral cuando la mujer no tiene ingresos propios y adquiere, con el matrimonio, el estatuto de ama de casa. Compañero de vida y empleador se confunden en la misma persona. Siendo ese el caso, podríamos aplicar consideraciones similares a las que hace Marshall cuando se refiere a los contratos entre trabajadores y empresarios. Si es así, o se equilibran las fuerzas entre la mujer y el hombre cuando contratan, negociando colectivamente todas las mujeres las condiciones contractuales de cada mujer en su relación con los hombres; o se traslada la tensión entre la mujer y el hombre al ámbito de lo político, mediante la lucha feminista.
Se ha tomado el camino del centro. Por una parte se le recuerda al hombre la naturaleza contractual de la relación, de ahí la violencia con la que se responde a los maltratos a mujeres, especialmente salvajes cuando la mujer intenta romper la relación contractual. Esa violencia, va menos encaminada a castigar a los maltratadores y más a advertir a todos los hombres, que las mujeres no son de su propiedad, que las relaciones que sostienen con ellas no son de servidumbre sino contractuales, y que por lo tanto las mujeres son libres de romper el contrato. Por la otra parte, la lucha feminista denuncia la desigualdad social de las mujeres y reclama medidas de acción positiva para superarla. De las respuestas sociales al problema de las relaciones entre las mujeres y los hombres se deduce que la democracia y la desigualdad social de las mujeres son incompatibles, sólo que con muchos matices, puesto que falta una instancia colectiva de mujeres para negociación de las relaciones "hombre"/"mujer", la movilización social ocupa ese espacio.
4. ¿Del contrato al diálogo?: La emergencia del sujeto
La pretensión de que "las mujeres" y "los hombres" puedan regular el alcance de sus relaciones, los deberes y derechos a que dan lugar las mismas, supone el principio de dos sujetos equivalentes. Y por ello dos sujetos en condiciones de negociar los términos de su relación debido a que sus fuerzas están equilibradas. Los apriorismos de que parte esa pretensión son, en primer lugar, que existe un universal mujer y un universal hombre. En segundo lugar, que tal universal es independiente de las relaciones sociales, existe al margen de las características de la sociedad en la que se relacionen las unas y los otros. Sin embargo, dibujar un futuro de relación reemplazando la idea de que las relaciones entre el "hombre" y la "mujer" son de carácter contractual, con la noción de que "los hombres" y "las mujeres" debaten, negocian y regulan sus relaciones, es saltar de la esfera civil, por lo tanto del ámbito privado, a la política, por tanto al ámbito público. En segundo lugar implica sustituir sujetos individuales por sujetos colectivos. Y contiene, finalmente, la afirmación de que ni el "hombre" ni la "mujer" son sujetos autónomos, sino más bien la expresión subjetiva de un orden de desigualdades fundamentado en las diferencias anatómicas relativas a la procreación. La des-construcción de los sujetos individuales "mujer" y "hombre" se hace potenciando la emergencia de los sujetos colectivos "mujeres" y "hombres". Esa des-construcción comporta el paso de la contratación 14 que pertenece al ámbito del poder y de la preservación de las propiedades/cualidades privadas, al diálogo 15 en el que prevalece la escucha, la interpretación y el entendimiento.
14 En la definición de María Moliner es el "Acuerdo establecido con ciertas formalidades entre dos o más personas, por el cual se obligan recíprocamente a ciertas cosas."
15 "Acción de hablar una con otra dos o más personas, contestando cada una a lo que otra ha dicho antes" (M. Moliner).
 Cuando Habermas se interroga sobre los requisitos de un orden democrático, se centra en los procedimientos para la toma de aquellas decisiones y acciones que afectan a la vida en común, las consideradas propias de la esfera pública. La acción comunicativa que sería la característica de la vida democrática busca el entendimiento para coordinar planes de acción y para llevarlos a la práctica. Entiendo que Habermas busca superar la tensión entre la libertad de los sujetos para organizar su vida y la igualdad garantizada por el Estado de bienestar. Ofrece una salida: que la separación entre lo público y lo privado no se trace a priori, sino que sea fruto de la discusión pública.
En lugar de la polémica sobre si la autonomía de las personas jurídicas está mejor asegurada mediante las libertades subjetivas para la competencia entre personas privadas o mediante derechos de prestación garantizados objetivamente para los clientes de las burocracias de los Estados de bienestar, se presenta una concepción procedimental del derecho, según la cual el proceso democrático tiene que asegurar al mismo tiempo la autonomía privada y la pública: los derechos subjetivos, que deben garantizar a las mujeres una configuración autónoma de la vida, apenas pueden ser formulados de modo adecuado si antes los afectados no articulan y fundamentan por sí mismos en discusiones públicas los puntos de vista relevantes para el tratamiento igual y desigual de los casos típicos. La autonomía privada de los ciudadanos iguales en derechos sólo puede ser asegurada activando al mismo compás su autonomía ciudadana. Pág. 258 La inclusión del otro (1999).
Sin embargo, en el planteamiento de Habermas se produce una cierta reificación de las mujeres, ya que cabe entender que la autonomía en la configuración de la vida de las mujeres, a la que se refiere, lo es respecto del sexismo. Si afirmamos que las mujeres son efecto de poder, efecto del sexismo, no cabe configuración autónoma de la vida de las mujeres. La autonomía diluye el objeto de poder "mujer", y crea las condiciones de posibilidad de un sujeto, por tanto de un ser que define, que nombra, y que problematiza las definiciones y los nombres con los que es referido, porque cierran puertas a su expresión. Algo que hace atractiva su propuesta es que persigue superar el ejercicio del poder fundamentado en el "conocimiento objetivo", sostenido en la pretensión de que existe una separación entre el sujeto conocedor y el objeto de conocimiento. El camino que traza es el de sustituir "la razón" universal, por "dar razones" desde las distintas posiciones de sujeto.
También sustituye la pretensión de neutralidad de quien emite un mensaje por la intencionalidad que permite interpretar el mensaje emitido. En el diálogo hay una propuesta, la oferta de una relación interpersonal, la intención de quien habla y la interpretación de quien escucha. Habermas recuerda que los saberes y las voluntades no son universales, de ahí la necesidad del diálogo y con él de la trasformación/inclusión de discursos. Ahora bien, se detiene demasiado pronto en las implicaciones del diálogo, ya que traslada la separación sujeto/objeto al terreno de la acción. El intercambio de razones, modifica los objetivos que nos proponemos, enriqueciéndolos, recortándolos e incluso desestimándolos, al comprender las razones del otro.
El diálogo es el resultado de la voluntad de entendimiento que nace de la facultad de avenirse o estar de acuerdo con el otro, persiguiendo los mismos fines. Cómo comprometerse con la acción comunicativa sin reificar el patriarcado como ocurre si conservamos las categorías "hombre" y "mujer". Tal vez la clave se encuentre en un aspecto de la acción comunicativa que no he hallado en la obra de Habermas. No parece darse cuenta de que el impacto fundamental del diálogo son los cambios en la subjetividad de quienes se ponen en disposición de dialogar. El diálogo produce cambios en las subjetividades como resultado de la comprensión que es la facultad de abarcase recíprocamente un sujeto a otro sujeto. Cuál es el resultado fundamental del diálogo entre "las mujeres" y "los hombres" en la escena política, sino la disolución de las entidades "mujer" y "hombre". Ahora bien, la disolución de la "masculinidad" y de la "feminidad" no conduce a la desaparición de la diferencia, sino que constituye la posibilidad misma de que la diferencia aflore. La interpretación parte de una subjetividad atribuyéndole significados a las expresiones de otra subjetividad. Al abarcar al otro, por la interpretación que hago de sus expresiones de subjetividad, construyo mi diferencia en la misma medida en que he hecho significativa la suya. Julia Kristeva señala en "Tiempo de mujeres" que la nueva generación femenina se sitúa en el centro de la crisis religiosa:
"Llamo religión a la necesidad fantaseada de los seres parlantes de darse representación (animal, femenina, masculina, parental, etc.) en lugar de lo que los construye como tales: la simbolicidad". Pág. 202. A su entender una tercera generación feminista 16 está tomando cuerpo, y añadiríamos que tal vez este congreso mismo pone en evidencia una primera generación de hombres críticos.
16 Define la primera como aquella que busca un sitio en el tiempo lineal, construyendo concepciones universalistas, y globalizando los problemas de las mujeres, lo que vulgarmente se denomina "feminismo de la igualdad". En cuanto a la segunda la caracteriza por su interés en la especifidad femenina, que busca dar lenguaje a las experiencias corporales, su referencia vulgar es "feminismo de la diferencia".
Para esta tercera generación que reivindico -¿qué imagino?-  la dicotomía hombre/mujer, como oposición de dos entidades rivales, parece corresponder a la metafísica. ¿Qué quiere decir "identidad", o incluso "identidad sexual", en un espacio teórico y científico en el que se cuestiona la noción misma de identidad? No insinúo simplemente una bisexualidad que, en la mayor parte de los casos, evidencia una aspiración a la totalidad, a una desaparición de la diferencia. Pienso en primer lugar en una desdramatización de la "lucha a muerte" entre los dos sexos. No en nombre de su reconciliación -el feminismo ha tenido por lo menos el mérito de hacer aparecer lo que tiene de irreductible, de mortífero incluso, el contrato social-, sino para que su violencia opere con el máximo de intransigencia en el interior de la identidad personal y sexual en sí, y no en el rechazo del otro. Págs. 203-204. (El subrayado es mío).
El diálogo con el otro ayuda a desarrollar la intransigencia hacia el sexismo en el interior de la propia identidad. El distanciamiento, la voluntad totalitaria que se agazapa tras la estética de la "corrección política", tapa las evidencia y no deja que afloren los problemas permitiendo que se procesen. Por ese camino se facilita la proyección de los propios demonios, y con ellos la reificación inmovilizante de la realidad y el desarrollo de una religión feminista, ya que no se combate la posición del otro, sino que se impide que se llegue a hacer evidente al censurla. La intransigencia hacia las prácticas sexistas, acompañada del diálogo entre las subjetividades que el sexismo a atado, permite explicar la contribución de cada uno y cada una a la preservación del sexismo. Y al ponerla en evidencia, ese proceso permite hacerle el harakiri a cualquier identidad fundamentada en el sexo o en la sexualidad. Eso es sacar al feminismo del ámbito de la religión y llevarlo al ámbito de la política del que nunca debió salir.
No se trata de luchar para que los hombres asuman el trabajo doméstico, sino de preguntarse por qué nos enamoramos de seres que nos toman por sus amas su casa en potencia. No se trata de limitarse a impedir que los hombres nos acosen sexualmente, sino que deberíamos preguntarnos porqué somos tan vulnerables al acoso sexual. No se trata de exterminar a los maltratadores y asesinos de mujeres, y sí de impedir que se produzcan esas situaciones, a la par que las mujeres se preguntan por qué aspiran a la intimidad con personas que pueden llegar a maltratar hasta la muerte. Se trata de combatir con intransigencia el sentimiento de propiedad sobre los hijos que experimentan las mujeres, o el deseo hacia un hombre más fuerte y poderoso que nosotras, o el miedo a competir para conseguir una promoción laboral. Se trata al mismo tiempo de comprender por qué los hombres no pretenden que los hijos sólo son suyos, o prefieren a mujeres más pequeñas física y socialmente que ellos, o no tienen miedo a batirse el cobre con otro hombre para lograr la promoción laboral.
Esa intransigencia al sexismo que anida en cada uno de nosotros y nosotras, haciéndolo posible no contra nuestra voluntad, sino con nuestra participación, es la que abre la puerta a la construcción activa de subjetividades similares y diferentes, únicas, inestables y cambiantes como lo es la vida misma. ¿Por qué llevar a los altares la diferencia sexual? ¿Qué virtud entraña ser aquello en cuya definición no hemos participado? ¿Qué virtud hay en ser lo que no hemos elegido ser?
 
Fuentes consultadas

  • Butler, Judith, "Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista", Debate Feminista, vol. 18, oct. 1998.
  • - Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity. New York: Routledge, 1990.
  • Elster, Jon, Uvas amargas. Sobre la subversión de la racionalidad. Barcelona, Península, 1986.
  • Fraser, Nancy y Gordon, Linda, "Contrato versus caridad: una consideración de la relación entre ciudadanía civil y ciudadanía social", Isegoría, nº 6, 1992.
  • Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativa. Tomo I, Racionalidad de la acción y racionalización social. Madrid, Taurus, 1987 (1981).
  • - La inclusión del otro. Estudios de teoría política. Barcelona, Paidós, 1999. Izquierdo, María Jesús, Cuando los amores matan. Cambio y conflicto en las relaciones de edad y de género. Madrid, Ed. Libertarias, 2000
  • - Sin vuelta de hoja. Sexismo: Placer, poder y trabajo. Barcelona, Ed. Bellaterra, 2001.
  • - El malestar en la desigualdad. Madrid: Cátedra, 1998.
  • Jónasdóttir, Anna G., El poder del amor. ¿Le importa el sexo a la Democracia?. Madrid, Cátedra, 1993.
  • Kristeva, Julia, "Tiempo de mujeres", Las nuevas enfermedades del alma. Madrid, Cátedra, 1995.
  • Lasch, Christopher, The Culture of Narcissism. American Life in an Age of Diminishing
  • Expectations. New York, Warner Communications Co., 1979.
  • Mitscherlich, Alexander en La idea de la paz y la agresividad humana. Madrid, Taurus, 1971.
  • Pateman, Carole, El contrato sexual. Barcelona: Anthropos, 1995.
  • “A Comment on Johnson’s Does Capitalism Really Needs Patriarchy?, Women’s Studies International Forum, vol. 19 nº. 3, 1996.
  • Marshall, T. H:, "Ciudadanía y clase social", en Marshall y Bottomore, Ciudadanía y clase social. Madrid, Alianza Ed., 1998.
  • Ritzer, George, El encanto en un mundo desencantado. Revolución de los medios de consumo. Barcelona, Ariel, 2000.

María Jesús Izquierdo
Universitat Autònoma de Barcelona
mariajesus.izquierdo@uab.es

Mayo de 2001

 

   
 
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