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I Encuentro Igualitario de AHIGE: Tema

Contenidos propuestos para el Primer Encuentro Igualitario

Aquí algunas notas y sobre todo preguntas para facilitar el debate y para invitaros a que hagáis aportaciones:

Tema I.- Los sentimientos / afectividad.

¿Qué diferencias hay entre la forma de sentir de unos y otras?
¿Por qué se han producido esas diferencias?
¿Hasta dónde nos afectan? ¿Cómo se plasman en nuestra vida diaria?
¿Tenemos que aprender los hombres de cómo sienten las mujeres?
¿O acaso, ninguna de las dos formas es correcta y suficientemente positiva?
¿Qué ganaríamos? O dicho de otra forma ¿qué nos estamos perdiendo?
Algunas propuestas....
Algunos ejercicios que podamos hacer para descubrir más cosas de nosotros/as mismas/os.

 

Tema II.- La sexualidad.

¿Cómo es la sexualidad masculina y cómo la femenina? Sería muy interesante que las describiéramos (desde la teoría y desde las vivencias propias).
¿Qué cosas hay comunes?
¿Qué es natural y qué es cultural en nuestras sexualidades?
¿Qué miedos nos producen las sexualidades de los/as otras/os?
¿Qué pedimos? ¿Qué esperamos?
Con una sexualidad más sana ¿seríamos más o menos promiscuos? (Desde luego, sí que seríamos más felices?
¿Cuáles son los miedos de unas/os y otros/as?

 

Tema III.- Relaciones de pareja, relaciones inter-género.

¿Qué nos pasa?
¿Por qué es tan difícil encontrar y mantener una pareja? ¿Pedimos demasiado? ¿Será así para siempre?
Cuando el hombre avance más en la libertad y el conocimiento personal... ¿será más fácil encontrar pareja?
¿Es un problema de los hombres?
¿Qué le pedimos a nuestra pareja?
¿Cuánto estoy dispuesto a aguantar (mi pago) para mantener mi pareja?
¿Y nuestros miedos en este tema? A que me hagan daño, a quedar en evidencia, a fracasar, a....
Y el tema de la convivencia... la corresponsabilidad en el hogar, las distintas culturas que tenemos...
Y, por supuesto, la paternidad / maternidad.

 

Tema IV.- Expectativas para el futuro. La construcción de un nuevo modo de relacionarnos.

¿Cómo vemos el futuro?
¿Qué hay que cambiar?
Y sobre todo ¿qué tenemos que cambiar cada uno/a de nosotras/os?
¿En qué nos influye esta sociedad en que vivimos? ¿Cuáles son los grandes condicionantes?
¿Qué podríamos hacer?
Propuestas, ideas, iniciativas, construcciones....

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Estas son sólo algunas de las muchas preguntas que nos podemos hacer. No hace falta que escribas un sesudo tratado que resuelva los problemas de la humanidad. Simplemente, mándanos las ideas, inquietudes, propuestas, análisis, interrogantes.... y todo lo que tengas. Seguro que, entre todas las aportaciones, conseguiremos un gran material que nos facilite el debate.

También mándanos textos de referencia que puedan ser interesantes. Preferiblemente, que sean cortos (no más de tres folios) y que ya vengan en formato electrónico.

 

MODULO EMOCIONES

EL ANALFABETISMO EMOCIONAL MASCULINO

Tradicionalmente se ha dicho que los hombres no saben expresar sus emociones. El problema es más grave, va mas allá o es anterior, porque los hombres, lo que no saben realmente, es identificar sus emociones. Cuando una mujer le pregunta a un hombre (su pareja) qué siente y éste le dice que nada o que no sabe, no la está engañando... ¡es verdad! No sabe lo que siente o cree que no siente nada.

¿Y esto por qué es así?. Desde luego habrá muchas causas, pero la principal, y que directamente conecta con todo lo que estamos hablando, es la exigencia del Patriarcado, la exigencia que se le hace a todo hombre prácticamente desde el día en que nace, de ser fuerte, valiente, poderoso, de ser el mantenedor de la familia, de ser la roca sobre la que se sustenta la sociedad...

Y en roca nos convertimos. Porque sencillamente, es absolutamente incompatible adoptar el papel de fuerte y llegar a creérnoslo como nos lo creemos y lo interiorizamos, y sentir algunas cosas.

De los 4 sentimientos primarios (los que tienen todos los mamíferos), que son: ira/rabia, alegría, miedo y tristeza... los dos últimos son incompatibles con la imagen de fortaleza que nos impone / exige y nosotros asumimos.

De hecho, la ira es el único sentimiento (junto con la alegría, claro está) que se le ha permitido al hombre. Lo que ha ocurrido es que el hombre aprendió a expresar a través de la ira, lo que no podía expresar de otra manera. La ira sustituyó en buena medida, al miedo, la frustración, la inseguridad o la tristeza.

Hay estudios que demuestran que a los 6 años de edad (a los 3 apenas si se perciben diferencias) un niño ya ha aprendido perfectamente a ocultar sus sentimientos a su madre. Esta trayectoria de ocultamiento, de huída con respecto a su mundo.

Esto es así porque la única manera que encuentra el niño, adolescente, joven y después hombre maduro, es tapar todo lo que hay dentro, ocultando / ocultándose sus sentimientos. Negando / negándose la existencia de su mundo interior.

Tal es así, que cuando un hombre llega a la adultez, está tan acostumbrado a tapar sus sentimientos, que le da verdadero pánico cualquier situación en la que tenga que enfrentarse a ellos. Su propio mundo interior le genera mucha inseguridad. Por eso, cuando escuchan la frase de “tenemos que hablar”, les entra terror.

Esta castración afectivo/sentimental, por supuesto, tiene gravísimas consecuencias para el hombre, entre ellas:

- Impide su desarrollo personal

- Le imposibilita tener una actitud adecuada y positiva ante el avance de al mujer, por su propia incapacidad para el cambio personal.

- Le determina, absolutamente, su mundo relacional (con las mujeres y con los hombres à soledad masculina).

- Y le genera un grave sentimiento de inferioridad con respecto a la mujer y le determina su sexualidad y su extraña y viciada relación con el poder.

 

IGUALES Y DIFERENTES (De Inteligencia Emocional)

Gran parte del fracaso de las relaciones de pareja se asienta en las diferencias existentes entre los mundos emocionales de los hombres y de las mujeres.

 

LOS ANTECEDENTES INFANTILES DE DOS CONCEPCIONES DIFERENTES DEL MATRIMONIO
Un modelo muy extendido de relación conyugal es aquella en que la mujer demanda atención mientras el hombre se bate en retirada.

Un estudio sobre compañeros elegidos por los niños demostró que, a los 3 años de edad, éstos tienen el mismo número de amigos que de amigas, un porcentaje que va disminuyendo hasta que, a los cinco años, sólo se tiene el 20% de amigos del otro sexo. A partir de ese momento, los mundos de los niños y las niñas discurren de manera paralela hasta volver a confluir al llegar a la edad de las primeras citas de la adolescencia.

Durante todo este período, las lecciones emocionales recibidas por los niños y las niñas son muy diferentes. A excepción del enfado, los padres hablan más de las emociones con sus hijas que con sus hijos y es por esto por lo que las niñas disponen de más información sobre el mundo emocional. Cuando los padres, por ejemplo, cuentan cuentos a sus hijos pequeños, suelen utilizar palabras más cargadas emocionalmente con las niñas que con los niños. Cuando, por su parte, las madres juegan con sus hijos e hijas, expresan un espectro más amplio de emociones en el caso de que lo hagan con las niñas y son también más prolijas con ellas cuando describen un estado emocional, si bien suelen ser, en cambio, más minuciosas a la hora de describir a sus hijos varones las causas y las consecuencias de emociones tales como el enojo (probablemente una forma de admonición).
 
La mayor prontitud con que las niñas desarrollan las habilidades verbales las hace más diestras en la articulación de sus sentimientos y más expertas en el empleo de las palabras, lo cual les permite disponer de un  elenco de recursos verbales mucho más rico que puede sustituir a reacciones emocionales tales como, por ejemplo, las peleas físicas. Según estas investigadoras: los chicos no suelen recibir ninguna educación que les ayude a verbalizar sus afectos, suelen mostrar una total inconsciencia con respecto a los estados emocionales, tanto propios como ajenos».

A la edad de diez años, el porcentaje de chicas y chicos que se muestran francamente agresivos y predispuestos a la confrontación abierta cuando se enfadan es aproximadamente el mismo. Sin embargo, a los trece años comienza a aparecer una marcada diferenciación entre ambos sexos y las muchachas muestran entonces una mayor habilidad que los chicos en el uso de tácticas agresivas de carácter más sutil, como el rechazo, el chismorreo y la venganza indirecta. A esta edad, la gran mayoría de los muchachos se limita a seguir tratando de resolver sus discrepancias mediante las peleas, ignorando otro tipo de estrategias más sutiles. Éste es sencillamente uno de los muchos motivos por los que los muchachos -y más tarde los hombres- son menos diestros que las muchachas para moverse por los vericuetos de la vida emocional.

Las chicas suelen organizar sus juegos en grupos reducidos y cohesionados, poniendo un marcado interés en minimizar las discrepancias y maximizar la cooperación, mientras que los chicos, por su parte, tienden a organizarse en grupos más numerosos y a incidir en los aspectos más competitivos.

Ejemplos de lo que ocurre cuando un/a niño/a se lesiona: Lo que se espera de un niño que se haya lesionado es que se aleje momentáneamente del juego hasta que deje de llorar y se halle nuevamente en condiciones de reintegrarse a él. Pero cuando tal cosa ocurre en un grupo de chicas, en cambio, el juego se paraliza mientras todas se congregan en tomo a la afectada tratando de consolarla.

Los muchachos se sienten orgullosos de su solitaria y tenaz independencia y autonomía, y las chicas, por su parte, se sienten integrantes de una red interrelacionada. Es por ello por lo que los chicos se sienten amenazados cuando algo parece poner en peligro su independencia algo que, en el caso de las chicas, ocurre cuando se rompe una de sus relaciones.

Esta diferencia de perspectiva entre ambos géneros les lleva a esperar cosas muy distintas de una simple conversación, ya que el hombre suele sentirse satisfecho con hablar sobre «algo» mientras que la mujer busca una conexión emocional más profunda.

Y esta disparidad en la educación emocional termina desarrollando aptitudes muy diferentes, puesto que las chicas « se aficionan a la lectura de los indicadores emocionales -tanto verbales como no-verbales- ya la expresión y comunicación de sus sentimientos». Los chicos, en cambio, se especializan en «minimizar las emociones relacionadas con la vulnerabilidad, la culpa, el miedo y el dolor, una conclusión corroborada por abundante documentación científica. Por ejemplo, existen cientos de estudios que han puesto de manifiesto que las mujeres suelen ser más empáticas que los hombres.

A lo largo de su desarrollo en la escuela primaria los chicos se van volviendo menos expresivos, todo lo contrario de lo que ocurre en el caso de las chicas, lo cual, a su vez, puede reflejar otra diferencia clave entre ambos géneros, es decir, que las mujeres suelen ser capaces de experimentar con mayor intensidad y variabilidad que los hombres un amplio espectro de emociones. Por ello, en términos generales, cabe afirmar que las mujeres son más emocionales que los hombres.

Todo esto supone que las mujeres tienden a llegar al matrimonio con un mayor dominio de sus emociones, mientras que los hombres lo hacen con una escasa comprensión de lo que esto significa para la estabilidad de la relación.

Para las mujeres, el principal motivo de satisfacción de una relación viene dado por la sensación de que existe una «buena comunicación» en la pareja. La inmensa mayoría de los hombres, por el contrario, no aciertan a comprender esta demanda y suelen responder diciendo algo así como: "yo quiero hacer cosas con mi mujer pero ella sólo quiere hablar».

Huston descubrió asimismo que, durante el noviazgo, los hombres se hallan más predispuestos a entablar este tipo de diálogo capaz de colmar el deseo de intimidad de su futura esposa pero que, pasado este período, los hombres -especialmente en las parejas más tradicionales- van invirtiendo cada vez menos tiempo en conversar con sus esposas y satisfacen su necesidad de intimidad dedicándose a actividades tales como cuidar juntos del jardín en lugar de tener una buena conversación sobre cualquier tema

Los hombres suelen ser muy optimistas sobre la situación real de su matrimonio mientras que las mujeres son más sensibles a los aspectos problemáticos de la relación.

Si al cándido punto de vista de los maridos sobre el matrimonio sumamos su poca predisposición a afrontar los conflictos emocionales, nos haremos una idea más precisa del motivo de las frecuentes quejas de las mujeres sobre la evasiva actitud de sus maridos para hacer frente a los problemas que aquejan a cualquier relación.

La torpeza de los hombres para percatarse de los problemas de la relación se debe a su relativa falta de capacidad para descifrar el contenido emocional de las expresiones faciales.

El motivo principal de cohesión o de separación de la pareja suele centrarse en el modo en que la pareja aborda las cuestiones más o menos candentes.

 

MODULO RELACIONES

Con la modernidad, surge la posibilidad de la felicidad personal. Se da una relación “íntima” (esto también es un nuevo concepto) en la que se puede seguir “la voz del corazón”.

Pero todo esto no ha funcionado tan bien como se imaginaban sus protagonistas al principio. Con la modernidad, hemos conseguido más libertad y también, más inseguridad. 

El número de divorcio está en constante aumento desde siempre. Ya ha llegado, en algunos países, a superar el 50% (es decir, las expectativas de separación en el momento de contraer el matrimonio son mayores que las de permanecer juntos).

Los textos tradicionales feministas expresaban la esperanza de que con el final de la era de la represión de la mujer comenzara una mejor relación entre los géneros. “el verdadero amor sólo es posible entre libres e iguales”.

Estamos viviendo una época de muchos cambios que es normal que afecten a las relaciones interpersonales... Tanto hombres como mujeres están atrapados entre los viejos patrones de comportamiento y las nuevas formas de vida... es una situación intermedia entre el “ya no” y el “todavía no”.

A los hombres, las nuevas señales les resultan irritantes y contradictorias, no encajan con las expectativas de su propia socialización y contienen, de forma abierta o encubierta, un ataque a su propia imagen de hombre. Se preguntan ¿qué quieren las mujeres? Muchos están dispuestos a reconocer que las reivindicaciones son justas, pero se vuelven reacios y resistentes en cuanto se trata de consecuencias incómodas para su propia vida (fregar los platos, limpiar...) Y se crea un nuevo ideal femenino, la mujer que según los intereses de los hombres es independiente y a la vez tiene la suficiente capacidad de adaptación.

Como formuló un hombre en una encuesta: “lo que uno quiere es casarse con una mujer lo suficientemente intelectual para conversar contigo, alguien en quien confiar para ayudarte en tus negocios o ayudarte en tus decisiones durante la vida, pero que también esté predispuesta al cuidado de la familia y de la casa. Si encuentras una mujer como esta, sabes que has ganado”.

Algunas voces del feminismo se preguntan si es posible el amor después de la libertad o acaso es verdad que la liberación y el amor constituyen dos opuestos irreconciliables

NOTA MIA: En general, podría valer la tesis de que las mujeres de hoy, más libres, más exigentes, más individualizadas, no encuentran parejas, no encuentran hombres que estén dispuestos, que sean capaces de construir una vida de pareja con ellas. En esta tesis, las mujeres con valores y estilos de vida más tradicionales tendrían menos problemas para encontrar pareja.

Tesis

1.- Los roles de género preestablecidos son la base de la sociedad industrializada y no sólo un vestigio tradicional al que se podría renunciar fácilmente. Sin la división en roles de hombre y mujer no habría la tradicional familia nuclear... con la verdadera equiparación de hombres y mujeres se cuestionan los fundamentos de la familia.

2.- La dinámica individualizadora que ha desprendido a la gente de las culturas de clase tampoco se detiene ante las puertas de la familia.

3.- La pareja y la familia son el lugar y no la causa, del conflicto actual entre hombres y mujeres.

 

Los hombres están divididos en sus reacciones: lo que defienden con la cabeza, no lo practican.

 

Ejemplo: no les representa contradicción defender su propia “exención del trabajo doméstico” y al mismo tiempo, aceptar la igualdad de derechos de la mujer.

En esta línea, muchos hombres estarían, incluso aplaudiendo la emancipación de la mujer, pero siempre y cuando esto no les suponga a ellos una amenaza directa (por ejemplo, les exija la corresponsabilidad doméstica).

Es significativo que la vieja ideología masculina de los espacios libres que otorga el trabajo doméstico, ya no es compartida por los hombres que la han puesto en práctica “la experiencia más destacada de los hombres que se ocupan de estas tareas es la de la soledad y vacío en el y por el trabajo doméstico, al que perciben como una rutina monótona”
. Los amos de casa padecen el síndrome del ama de casa: la invisibilidad del trabajo, la ausencia de reconocimiento y la falta de autoestima. Uno de ellos dice: “... lo peor es la limpieza, es lo más desagradable, sí, realmente asqueroso....

Sólo se sabe lo que es si lo haces cada día, cuando, por ejemplo, has limpiado el viernes algún rincón y a la semana siguiente te encuentras la misma suciedad en el mismo lugar. Es quizás lo denigrante o por lo menos lo que te pone muy nervioso en este trabajo... Casi se podría decir que es como querer secar el océano”.

Frente a esta experiencia, incluso los hombres que voluntariamente han cambiado “el trabajo profesional alienado” por el trabajo doméstico, revisan ahora su opinión sobre el trabajo y reconocen la importancia del empleo para la autoafirmación y reconocimiento por los otros, y ahora aspiran, por lo menos, a un trabajo a tiempo parcial.

En cuanto a los procesos de individualización Nunca, en ninguna sociedad ni época, se le ha dado tanta importancia al amor, como ahora. Las relaciones de pareja han ido dejando atrás toda una serie de obligaciones hacia la familia, el clan, la sociedad en general, pero ha ido cargándose de obligaciones de los propios miembros, que han visto considerablemente aumentadas sus opciones y posibilidad de decisión (se han liberado de los vínculos tradicionales), pero que ha hecho que se complique sobremanera la relación.

                                 
4.- Las relaciones de poder en la pareja

El hombre ha sido educado/preparado para la búsqueda del Poder. El poder es un concepto totémico dentro de la masculinidad tradicional.

Además, hay que añadir el efecto “droga / adicción “que tiene el poder. Es una “sustancia” que cuando se entra en contacto con ella, nos produce “placer”, nos da seguridad, sube nuestra autoestima, nos da fuerza y seguridad en las relaciones con los demás, nos posiciona mejor ante el mundo, mejora nuestra visión de nosotros mismos, nos toma como referente, etc.

En toda relación de pareja hay una relación de poder, una “lucha” por el poder. Esta lucha puede ser pacífica o no, puede darse de forma conflictiva o no, pero siempre existe.

En esta lucha por el poder intervienen, evidentemente, elementos de género. Pudiera parecer que para el hombre el poder es más importante que para la mujer. Además, instintivamente el hombre busca tener él las riendas de la relación (aunque sólo sea en cuestiones aparentes, superficiales, sociales, externas, estructurales).

Tradicionalmente el reparto del poder en la pareja se ha hecho conforme a los cánones de la división de género: el dinero, lo social y lo jurídico para el hombre, lo afectivo, lo privado, y las relaciones personales para la mujer. La mujer ostentaba el poder que le confería la cercanía y sus capacidades para relacionarse íntimamente con los miembros de la familia y con personas externas.

El hombre ostentaba el poder que le confería el patriarcado: el poder formal, el económico, etc.

Al final, en toda pareja ha de llegarse a una situación de equilibrio. Lo suyo, lo adecuado es que se llegue a un equilibrio en el que los dos miembros de la pareja comparten equitativamente el poder. No siempre es así. Muy a menudo, uno de los miembros tiene más poder que el otro. O bien este poder está repartido, pero de forma poco armoniosa o sana.

El poder, las relaciones de poder, son consustanciales a la vida social humana a todos los niveles, desde las relaciones de pareja, pasando por las que se dan entre los miembros de una familia, hasta las que se establecen entre estados

 

3.- Nuevas expectativas, nuevas realidades, nuevas relaciones

Hombres y mujeres tienen expectativas diferentes acerca de la vida en pareja. Los hombres destacan más el lado instrumental del amor y el matrimonio, el cuidado de la vida cotidiana, el que “todo funcione bien”. Las mujeres ponen más énfasis en los sentimientos y la cercanía interior, en el “entenderse”.

Cada vez se le pide más a las relaciones de pareja. Ya no es suficiente con entenderse más o menos bien. Se aspira a más, a la felicidad y a la satisfacción. Esto genera mayores posibilidades de decepción à cuanto más esperanzas pones en el matrimonio, mayor y antes se puede producir la decepción. Si se lleva a un extremo las expectativas, aseguramos la posibilidad de decepción, hasta convertirla en certeza.

En la actualidad, se cargan a la esfera privada las crecientes discrepancias entre las expectativas de igualdad de las mujeres, promovidas por la enseñanza y el derecho, y las realidades de la desigualdad en el trabajo y la familia. No es difícil prever que eso conduzca a una intensificación de los conflictos de las parejas. Al final, las limitaciones del mercado de trabajo estabilizarán sólo aparentemente a la familia nuclear; en realidad, sin embargo, llenan los pasillos de los jueces de familia o las salas de espera de los asesores matrimoniales y de los psicoterapeutas.

 

MODULO DE SEXUALIDAD

Como referente, partimos de lo que vimos sobre sexualidad masculina en los cursos-talleres. Recordemos los siguientes puntos:

- La sexualidad es un espacio en el que el analfabetismo emocional y el complejo de inferioridad frente a la mujer que se deriva del mismo, se hacen especialmente presentes y cobran especial relevancia. Además, es un factor que genera aún más frustración, miedos y sensación de inferioridad frente a la emergente potencia sexual femenina.

- Tradicionalmente, el ideal masculino de fortaleza y potencia se ha plasmado en la sexualidad bajo la forma de la “tradicional potencia sexual masculina” que todos los hombres debíamos tener. Debíamos estar dispuestos siempre y con cualquiera. Y además, ser capaces de “echar 6 seguidos”. Si no cumplíamos este mandato, no éramos hombres.

- La sexualidad masculina era puramente mecánica (hidráulica) y basada en la cantidad, no en la calidad.

- Era fiel reflejo de las graves carencias afectivo-emocionales del hombre. No se planteaba como un intercambio de comunicación y sentimientos con las mujeres, sino como una demostración de fuerza y poder, en una relación que confirmaba la posición de sumisión de la mujer con respecto a nosotros. Además, esta desigualdad era la única situación que nos permitía sentirnos “seguros” y poder soportar así, el complejo de inferioridad con respecto a esas mismas mujeres que pretendíamos dominar con nuestra potencia y fuerza.

- La sexualidad femenina, simplemente, no existía (el orgasmo femenino era prácticamente desconocido) y cuando existía, sólo la admitíamos como resultado de nuestra potencia y destreza. Era el resultado de nuestra acción. La sexualidad femenina como entidad independiente de nosotros, nos ha dado siempre pánico.

- Todo esto se ha podido mantener así en tanto que la mujer no se ha movido, pero en el momento en que la mujer ha conquistado su propia sexualidad, la tortilla se ha dado completamente la vuelta y la que prácticamente no contaba, ahora resulta que tiene una sexualidad propia y, además, por evidentes razones fisiológicas, la sexualidad femenina es muchísimo más potente que la del hombre. Esto nos da verdadero terror.

- Además, esto se aumenta porque en la sexualidad hay mucho de examen. Todo hombre, cuando va a tener una relación sexual, lleva en su alforja personal, una parte de examen ante esa mujer y, sobre todo, ante sí mismo. Es la sexualidad como examen de virilidad.

- De hecho, lo peor que le puede pasar a un hombre es.... la impotencia. Cualquier situación de disfunción eréctil produce un derrumbe en cualquier hombre.

- Por tanto, la sexualidad masculina está viciada desde el principio. Las deficiencias emocionales del hombre han imposibilitado el desarrollo de una sexualidad sana y madura en los hombres. De alguna manera, el hombre ha tratado de llenar con la sexualidad el vacío que sentía dentro de sí y que estaba provocado por la “ausencia” de sentimientos.

- Esto tiene una clara y grave plasmación en el deseo sexual masculino. El deseo sexual masculino es, básicamente, una fuerza incontrolable que domina al hombre desde la pubertad hasta la vejez y que determina, en buena medida, sus actos, pensamientos y actitudes a lo largo de toda su vida.

- Este deseo incontrolable, este no poder controlar el poder de las curvas sobre el propio ánimo, es producto de la desorbitada fuerza que adquiere la sexualidad en el hombre, al ocupar todo o gran parte del espacio vacío que deja el NO desarrollo emocional.

- Asimismo, es necesario hablar de los efectos que esta fuerza tiene en el hombre y en las relaciones con las mujeres: por un lado, agranda la sensación de debilidad-inferioridad en el hombre con respecto a la mujer (además, las mujeres conocen esto bien y se aprovechan. Durante mucho tiempo, ha sido una de las pocas armas que han tenido para contraponer el poder de los hombres). Además, suele generar rebeldía en el hombre, que siente no poder controlar esa fuerza dentro de sí. A menudo, esa rebeldía se vuelve contra la mujer y es origen de buena parte de las dosis de misoginia que hay en muchos hombres.

   
 
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